Fotografía: Thomas Niedermüller

Silvia Neid

Selección femenina alemana, 2005-2016

Sería una mentira decir que la batalla terminó.

Nunca llega a su fin. Seguimos trabajando muy duro para asegurarnos de que el fútbol femenino tenga la atención que se merece. Es algo por lo que siempre he estado luchando.

Y seguiré peleando por ello porque esa es mi vida.

Estuve ahí, como jugadora, cuando todo comenzó. Tenía 17 años y la selección nacional femenina alemana disputaba su primer partido internacional ante Suiza en 1982.

Fue un verdadero espectáculo, transmitido en directo por la televisión nacional y con 5.000 espectadores en Koblenz. Había muchos hombres en el público. Los periodistas les preguntaban: “¿Por qué están aquí hoy?”.

“¡Ustedes saben por qué! Estamos esperando que intercambien camisetas al final del partido”, respondieron muchos.

Thomas Niedermüller/Getty Images/The Coaches' Voice

Ese tipo de cosas sucedió durante décadas. Yo me decía a mí misma: ‘¿No hay otros lugares donde ver mujeres en topless?’ Sin embargo, después de un tiempo dejé de prestarle atención a esas tonterías.

Desde del comienzo se hicieron comparaciones estúpidas con la selección nacional masculina. “Vamos a ver si pueden hacerlo mejor”. Decían ese tipo de cosas. Los medios de comunicación no tenían la mínima idea sobre el fútbol femenino. Ese era el motivo por el cual esas preguntas se repetían todo el tiempo.

Incluso recibí una oferta de la revista Playboy. Yo me preguntaba qué sentido tenía eso. Yo quería jugar fútbol, no posar desnuda.

Todas éramos jugadoras amateurs. Yo trabajaba en ese entonces en una carnicería, atendiendo clientes en varios establecimientos. Hacía salchichas. Inicialmente quería ser carpintera, el oficio de mi padre, pero él se opuso. “Nunca, jamás. Mira como luzco cada vez que llego a casa”.

“Me gustaba la forma de jugar del Borussia de Dortmund de Jürgen Klopp. Su manera de presionar y como los jugadores siempre cambiaban de posición”

A mí no me importaba el serrín, pero el patrocinador del club de mi padre me ofreció hacerme aprendiz de carnicera. Fue algo que disfruté.

Después me mudé a Siegen donde jugué con el TSV. Allí trabajé en una floristería, conduciendo un pequeño camión para distribuirlas entre los pequeños comercios. Las rosas eran mis favoritas.

El gran avance para el fútbol femenino se dio cuando la selección nacional ganó el campeonato europeo en 1989. Por primera vez el fútbol femenino fue respetado y aceptado. Es verdad que aparecieron algunos machistas expresando lo contrario, pero siempre los habrá. Ganamos la Eurocopa otra vez en 1991 y 1995.

Clive Brunskill/Getty Images

Muy pronto decidí estudiar para sacarme el título de entrenadora, primero el B y luego el A, en 1995, para desarrollar mi comprensión táctica del juego. Posteriormente, alentamos a las jugadoras de la selección a hacer lo mismo, independientemente de sus planes futuros. Siempre te beneficias de la educación.

Yo era una jugadora muy apasionada e intransigente (abajo).  Al mirar atrás me doy cuenta que muchas veces discutía con mis compañeras de equipo. Era mejor que muchas de ellas y, por lo tanto, a veces tenía poca paciencia con ellas. Es por eso que haber sufrido una lesión de rodilla a los 25 años significó un momento decisivo para mí.

Al verme obligada a ver el juego desde las gradas durante algunos meses, aprecié al equipo de un modo diferente. Siempre se esforzaban al máximo. Una no podía criticar su pundonor.  Toda mi actitud cambió. Me di cuenta de que mi tarea era ayudarlas. Tenía que ser menos egocéntrica y asegurarme de apoyarlas en vez de meterme con ellas.

“Los medios de comunicación no tenían la mínima idea sobre el fútbol femenino. Ese era el motivo por el cual esas preguntas se repetían todo el tiempo. Incluso recibí una oferta de la revista Playboy

Ese reconocimiento – también lo puedes llamar madurez – fue el primer paso para convertirme en entrenadora, incluso si se trató de algo subconsciente.  De hecho, yo soñaba con abrir una papelería con una concesión de la lotería nacional. Sin embargo, las cosas terminaron siendo diferentes.

Estaba trabajando en el campo de lo seguros médicos cuando Berti Vogts me llamó y me preguntó si quería ser entrenadora asistente de la selección femenina alemana de 1996, trabajando al lado de Tina Theune. Como entrenador de la selección nacional masculina, Berti Vogts tenía entre sus responsabilidades la designación del cuerpo técnico femenino.

Nos beneficiamos muchos de nuestra experiencia como jugadoras. En los Juegos Olímpicos de Atlanta, por ejemplo, sufrimos una temprana eliminación por estar entrenando dos veces diariamente como locas. Ya estábamos muertas antes del saque inicial.

Tina y yo acordamos no permitir que eso sucediera otra vez mientras estuviésemos a cargo.

Los tres primeros tres o cuatro años fueron realmente duros para mí pues también estaba a cargo de la Sub-16 y la Sub-18. Al mismo tiempo me saqué mi título de entrenadora profesional. No paraba. Nunca estaba en casa y ganaba lo mínimo.

Revisando mi horario, calculé que había trabajado 375 días en el transcurso de un año. Pero, por supuesto, solo hay 365 días en el año. Después de cuatro años con esta triple carga de trabajo, le dije a la federación alemana que iba a renunciar. Afortunadamente, aceptaron quitarme la Sub-16 y me subieron el sueldo, pero aun así yo seguía a cargo de la Sub-18 y Sub-19 yo sola, además del trabajo como entrenadora asistente de la selección absoluta.

Bongarts/Getty Images

Mis chicas ganaron las Eurocopas de 2000, 2001 y 2002. En 2004 quedamos subcampeonas. Todo con una entrenadora asistente, una fisioterapeuta, un doctor y un utilero. Mirando atrás, la verdad es que no sé cómo lo hicimos. Cuando haces tantas cosas a la vez, algo tienes que ceder. Era todo un poco locura.

Envidiábamos la estructura de los hombres, pero simplemente no tenía sentido guardar resentimiento hacia eso.

Consideraba que mi deber era desarrollar al menos una o dos jugadoras para que llegasen al primer equipo. Seleccionar las jugadoras correctas era crucial en ese sentido. Tenían que estar preparadas para llegar a lo más alto.

Al entrenar yo sola al equipo juvenil, siempre adaptaba las sesiones de acuerdo al rival. Como entrenadora, una no experimenta la gran emoción de marcar un gol decisivo, pero hay otra sensación de profunda satisfacción cuando ves que tu plan se está cumpliendo. Eso es algo que no consigues como futbolista.

Lógicamente, hay cosas que hice mal. Al principio, era muy emocional e imponía mucha disciplina. Luego te das cuenta que los distintos equipos necesitan distintos tipos de entrenamiento a horarios distintos. A veces necesitan infundirles valentía y darles apoyo. A veces, una patada en el trasero y presión.

Hay mucha psicología en juego. Tienes que aprender a interpretar a tu equipo, hablándoles mucho y observándolas de cerca. Es también importante que un equipo siempre sea autocrítico.

“Para poner a punto nuestra técnica bajo presión solíamos jugar contra muchos equipos masculinos juveniles de las mejores ligas, como parte de nuestra preparación previa a los torneos”

Hacer lo que esté bien para tu equipo también significa escoger las tácticas correctas. En la selección nacional no tienes a las 50 mejores jugadoras, sino 25. Mi alineación favorita fue siempre 4-2-3-1, pero tu forma de jugar siempre está condicionada a las jugadoras que tengas a tu disposición.

Me gustaba la forma de jugar del Borussia de Dortmund de Jürgen Klopp. Su manera de presionar y cómo los jugadores siempre cambiaban de posición. Sin embargo, no puedes copiar eso si no tiene las jugadoras adecuadas.

Tampoco tenía mucho sentido insistir en jugar lentamente desde atrás si tu equipo no se sentía cómodo haciéndolo.  Hoy en día muchas jugadoras jóvenes tienen más calma cuando tienen el balón, más tranquilidad que la mostrada usualmente por las futbolistas de mis equipos. Ahora están más acostumbradas  a la presión del rival. Todo el mundo lo hace. Técnicamente las jugadoras están a un nivel mucho más alto que en el pasado.

En aquella época, contra un equipo que jugara con presión alta, hacía jugar a mi equipo más adelante de la primera línea de presión.  De lo contrario, me hubiese dado un ataque al corazón.

Lars Baron/FIFA vía Getty Images

Las estrategias siempre estuvieron evolucionando, año tras año. A veces jugábamos presionando en el mediocampo, a veces con presión alta en momentos específicos. A veces defendíamos más atrás porque teníamos jugadoras rápidas en los contragolpes.

Para poner a punto nuestra técnica bajo presión solíamos jugar contra muchos equipos masculinos juveniles de las mejores ligas, como parte de nuestra preparación previa a los torneos.

Después de algunos años en el puesto, la experiencia te dice cual es el camino correcto, pero tarda tiempo permitir que tu instinto tenga la razón.

Después de un tiempo sentí que había experimentado todas las situaciones y siempre estaba lista para reaccionar.

Aun así, cada torneo era un nuevo desafío. Uno no puede hacer ninguna generalización. Todo lo que puedes hacer es preparar tu equipo lo mejor posible para las distintas cosas que puedan pasar.

En la final del Mundial de 2007 jugamos contra Brasil. Era mi primer torneo como entrenadora nacional, después de haber sido ascendida en 2005.

Cuando estábamos 1-0 arriba a 20 minutos del pitido final, una de mis mejores jugadoras, Simone Laudehr, me dijo que no podía seguir, que tenía que salir del campo. Le dije: “Simone, no puedes salir. Aún necesitamos un gol”.

Dieciséis minutos más tarde marcó con un cabezazo.

Ganamos el Mundial por segunda vez consecutiva.

Fue una travesía todavía más desenfrenada en la Eurocopa de 2013. Dos años antes, habíamos quedado eliminadas en los cuartos de final del Mundial, así que la presión era grande. Seis de las titulares regulares estaban lesionadas y tuvimos que ocupar sus puestos con jugadoras jóvenes, pero al público realmente no le importaban nuestras circunstancias.

Comenzamos bastante mal. Algo tenía que cambiar para los cuartos de final contra Italia.

Teníamos este ritual en los entrenamientos: las jóvenes contra las más grandes en una definición por penaltis. Le dije al equipo perdedor que tendría que dar una serie de charlas sobre temas como el valor, la pasión, la unión y el honor. Las más jóvenes perdieron, pero realmente se abocaron a la tarea exigida.

“Es un honor jugar contigo”, le dijeron a una de las más experimentadas jugadoras, Nadine Angerer. Otras tomaron un bolígrafo y explicaron cómo las distintas partes del equipo funcionaban juntas. Quedé totalmente atónita.

Le ganamos a Italia y ese fue el impulso que necesitábamos para seguir adelante y ganar el torneo.

Después del triunfo en los Juegos Olímpicos de 2016 dejé el puesto para encargarme de la dirección de scouting   y de los equipos juveniles para la Federación Alemana.

“Realmente nada ha cambiado. No creo que una entrenadora sea aceptada en la Bundesliga”

¿Si quiero regresar a trabajar como entrenadora? Ahora mismo no estoy segura.

Si lo hiciera, entrenar un equipo de mujeres o de hombres sería de igual interés para mí. Sin embargo, no creo que una mujer sea aceptada en la Bundesliga o en la Bundesliga 2. Cuando hace 10 años me preguntaron sobre las posibilidades de que eso ocurriera pensé que una década más tarde ya podría ser la hora. Pero nada ha cambiado realmente.

Necesitamos que alguien rompa el molde y tenga la confianza para colocar una mujer en un puesto así. Seguimos atrasadas cuando se trata de ocupar posiciones de poder. No solo en el fútbol.  También ganamos menos dinero.

Como dije antes: la batalla continúa.

Silvia Neid

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