Michael Regan/FIFA vía Getty Images

Ramon Tribulietx

Auckland City, 2010-Presente

“En Nueva Zelanda no se puede jugar así”.

Eso es lo que decía la mayoría. A pesar de todo, nunca se me pasó por la cabeza cambiar mi idea.

Lo que sí hice y sigo haciendo cuando veo que algo no funciona es dar un paso atrás para después dar dos hacia adelante.

Me ofrecieron jugar para Auckland en 1999. Antes de llegar a Nueva Zelanda hice escala en Australia, donde acudí a ver un encuentro. Me sorprendió la cantidad de golpes que se daban. Eso me hizo dudar de que mi fútbol, más de toque, pudiera adaptarse a esas condiciones.

Por suerte Auckland City FC es un equipo de ascendencia croata. Ese toque europeo hacía que intentaran jugar un poco más el balón. Pero tampoco mucho.

La pelota estaba casi más tiempo en el aire que sobre el césped. Es resultado de la clara influencia del fútbol inglés en Nueva Zelanda, donde siempre se ha jugado un fútbol muy físico y directo.

Ian Walton- FIFA vía Getty Images

Después de mi etapa como jugador mantuve una buena relación con el club, particularmente con un directivo. Empecé como segundo entrenador los dos primeros años (2008 a 2010). El equipo tenía regularidad, con buenos resultados, pero desafortunadamente no llegaron los títulos. Después de eso el club apostó por cambiarlo todo. Entrenador y estilo.

Me llamaron a una reunión y me propusieron hacerme cargo del equipo. Dije que sí, por supuesto.

“Cada título tiene su particularidad, pero el primero, sin duda, es el mejor”

Luego, llevar a cabo todo eso no era tan sencillo.

Tengo un amigo que había sido el portero suplente durante mi etapa como segundo entrenador, Paul Gothard. Jugó en la Championship inglesa, en el Wimbledon, y ahora es el entrenador de porteros de la selección de Nueva Zelanda.

Muchas veces, medio en broma, me dice que no creía que iba a durar mucho tiempo por aquí.

Paul veía imposible pedir, por ejemplo, que los centrales se abrieran y él -un portero que podía lanzar el balón a más de sesenta metros- jugar con ellos en corto con el pie.

Pensaba que estaba loco. Ahora se ha convencido de que esta es la mejor manera de jugar.

Hagen Hopkins/Getty Images

Se consiguió con mucho trabajo. También hubo momentos muy duros. Algunos jugadores no tenían la intención de adaptarse y acabaron saliendo por otros que sí tenían el perfil que queríamos.

Aunque parezca difícil de creer, en ese momento sí había jugadores en Nueva Zelanda para el estilo de juego que yo quería. El problema era encontrarlos y luego cambiarles los hábitos, porque, aunque tuvieran esa calidad técnica para jugar un fútbol asociativo, nunca antes lo habían hecho.

Es algo que toma tiempo.

Por suerte, ganar la Champions de Oceanía ese primer año me dio esa motivación extra para continuar. Luego llegaron seis más.

¿Hay algún secreto para conseguir ganar siete veces seguidas una misma competición?

Te voy a defraudar. No hay ninguno. Lo siento.

La receta es trabajo constante y no creérselo demasiado. Por qué digo esto. Porque si la primera Champions que ganas te lo crees demasiado, ya el segundo año no funciona de la misma manera. Se trata de convencer a los jugadores de que no es fácil ganar.

Para eso tratamos de cambiar cada año dar nuevos matices a nuestro juego. También la plantilla.

Para mí, paradójicamente, tener dificultades es una gran noticia. Me sirve para estar al pie del cañón. Cuando todo va bien y no tienes problemas, empeoras. Les pasa a muchos equipos. Hacen una primera temporada fantástica y luego al año siguiente desaparecen completamente. La sensación de confortabilidad te hace peor.

“En la isla de Vanuatu, en medio de la selva, te encuentras un campo de fútbol. Es lo que llamo la belleza de las islas”

Cada título tiene su particularidad, pero el primero, sin duda, es el mejor. Vas sin ninguna meta marcada a jugar el torneo y lo acabas ganando. Es pura alegría.

Después nada vuelve a ser lo mismo. Muchas veces incluso tienes la sensación de que debes ganar la competición por defecto.

Cuando lo consigues casi ni lo celebras. Solo te alivia la sensación de haberte quitado un peso de encima. Ocurrió así en la final de 2014. La más difícil que hemos tenido. Fue ante Amicale, un equipo con muchos europeos. Lo conseguimos tras remontar en el partido de vuelta un 0-1 en contra para acabar ganando 2-1.

Después de eso necesitas alejarte. Solo así puedes cambiar el chip y disfrutar de lo que has conseguido.

David Ramos-FIFA via Getty Images

Por suerte la competición en Nueva Zelanda me permite tener unas vacaciones más largas que a otros entrenadores. Momento que aprovecho para viajar a Barcelona con mi familia y amigos. Una época que también utilizo para investigar, algo que no puedo hacer cuando estoy compitiendo. Trato de encontrar nuevas soluciones a los problemas que se nos presentan.

Pero en el fútbol, como todo en la vida, no siempre se puede ganar.

Fue el año pasado. Nos eliminó Team Wellington en semifinales. Equipo que acabaría ganando después la competición.

Una derrota duele, y más después de ganar tanto. Pero ha tenido su punto positivo: Ha renovado nuestras ilusiones sobre una competición única en el mundo.

“Ganar la Champions no solo significa ser el mejor de tu continente. Te da una ‘bola extra’: Jugar el Mundial de Clubes”

En ningún otro sitio juegas en escenarios como estos.

Como Vanuatu, una isla muy pequeña. No te imaginas que ahí pueda haber un campo de fútbol. Pues bien, en medio de la isla, rodeado de selva, te encuentras con unas instalaciones espectaculares. Es lo que yo llamo la belleza de las islas.

Me encanta jugar en ellas.

Primero porque es espectacular la afición que tienen por el fútbol. Hay un ambiente fantástico. Es increíble ver a 20.000 personas en el estadio. Posiblemente más de la mitad de la población de la isla. Eso para mí es puro fútbol.

Y luego porque es muy complicado ganar. Te hacen jugar a las dos del mediodía a treinta grados, una gran humedad y el sol pegándote fuerte en la cabeza.

A todo eso se junta poderío físico de los rivales, totalmente adaptados a esas condiciones.

Pero, aunque no lo creas, hay sitios más duros que Vanuatu. En otros estadios tienes que dar la charla técnica del descanso fuera del vestuario, en un rincón donde haya sombra, porque dentro no hay aire acondicionado. Con la humedad y el calor la sensación es asfixiante.

A pesar de todo, la recompensa merece la pena. Ganar la Champions no solo significa ser el mejor de tu continente. Te da una “bola extra”: Jugar el Mundial de Clubes. Palabras mayores.

Michael Regan- FIFA vía Getty Images

En nuestras siete participaciones hemos hecho un buen trabajo. Sobre todo, en 2014, cuando llegamos a las semifinales ante San Lorenzo. Empatábamos 1-1 en el minuto 80 y, precisamente, un jugador argentino nuestro tuvo la oportunidad delante de su portero para ganar el partido, pero no acertó. Después nos ganaron en la prórroga.

La diferencia entre los dos clubes es abismal, imposible de imaginar. Presupuesto, jugadores, afición… A pesar de eso competimos de tú a tú. La sensación, aunque estábamos dolidos por la derrota, fue espectacular.

En 2017, por el contrario, contra Al Jazira fue la experiencia más frustrante de todas. Dominar un partido de esa manera y acabar perdiendo (1-0)… Inexplicable.

Al margen de los resultados, el Mundial de Clubes es también un escaparate al mundo. A algunos de nuestros jugadores les sirvió para ir a equipos y países más potentes. Entre ellos, Jesse Edge firmó por el Pisek de la República Checa, Ryan De Vries por Gifu, de liga japonesa, o Tym Payne, que se fue a Inglaterra para jugar en el Blackburn Rovers.

Yo también he tenido varias propuestas. Hace no mucho una de Hong Kong, pero no me interesó por diversas razones. También hubo opciones de ir a Australia o a Europa.

Tengo claro que, para salir de aquí, tiene que ser una propuesta que me permita seguir trabajando a mí manera.

También el hecho de poder ganar otra Champions y jugar otro Mundial de Clubes lo hace más difícil.

Hay gente que no ha ido nunca a uno y yo ya he tenido la fortuna de hacerlo siete veces.

Ramon Tribulietx

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