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Óscar Pareja

Club Tijuana, 2018-Presente

El fútbol tiene la increíble capacidad de superar cualquier barrera o muro.

Nunca había convivido tan de cerca con esta dualidad.

Dos países tan diferentes, Estados Unidos y México, con culturas distintas, pero que al mismo tiempo comparten cosas muy buenas, como su emoción por el fútbol.

Mi experiencia personal me hace sentir que no somos de un lado, ni del otro.

Nací en Colombia, en Medellín, pero los últimos veinte años los pasé en Estados Unidos.

Es un país al que siempre estaré agradecido por haberme dado tanto. Mi familia, la nacionalidad estadounidense, una gran carrera como jugador y mi formación como entrenador.

Los últimos cinco años estuve en el banco del Dallas, un espacio donde tenía una gran estabilidad.

Ahora estoy en Tijuana, una ciudad con muchos migrantes. Cada uno de ellos con sus problemas diarios, pero todos identificados con el equipo. La afición, sin lugar a dudas, es un gran activo de este conjunto.

Club Tijuana.

No se trata de comparar competencias, pero la MLS tiene algo que es difícil de encontrar para los entrenadores en otro sitio: tiempo. Te permite crecer poco a poco sin la demanda de los resultados inmediatos que sí tienes en una liga como la mexicana

Entonces, pensarás, ¿por qué cambiar?

Xolos es un club que siempre me había llamado la atención por su cultura y su forma de trabajar. Uno de los puntos fuertes que me han traído aquí es coincidir en el deseo de proyectar a los jugadores más jóvenes.

La situación geográfica tiene su huella en la manera de jugar de los chicos. Algunos son mexicanos, otros mexicano-estadounidenses. Esa mezcla resulta muy interesante y provechosa.

Desde mi llegada todo ha ido muy rápido. Para todos.

Mis hijos se han quedado en Dallas porque están estudiando en la Universidad. Mi mujer, mientras, está de aquí para allá. Yo apenas he tenido tiempo para otra cosa que no sea fútbol.

“Realmente New England Revolution no estaba interesado en mí. Ellos iban a ver a mi compañero Walter Escobar”

Tuvimos solo tres semanas de pretemporada para preparar la Liga y la Copa, competencias que exigen un alto nivel de rendimiento.

Sinceramente, tenía ganas de afrontar un desafío como este.

Esta nueva etapa es un paso más en el camino que Dios me puso hace veinte años, cuando dejé el Deportivo Cali en Colombia para ir a la MLS.

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Realmente New England Revolution no estaba interesado en mí. Habían mandado un analista a Colombia para ver jugar a mi compañero Walter Escobar, nuestro delantero.

Buscaban un “9” ante la lesión que había tenido su gran figura, Joe Max Moore, uno de los primeros futbolistas estadounidenses que jugó en Europa.

Pero un mes después, y yo sin saber nada, recibí una llamada del New England.

Uno siempre coloca a la familia en todas las ecuaciones de su vida. Lógicamente, antes de tomar cualquier decisión lo consulté con mi mujer, mis padres y mis hermanos.

Ellos no lo terminaban de ver claro. En esos momentos la liga de Estados Unidos estaba en desarrollo y eran muy pocos los jugadores extranjeros por entonces. Iba a ser casi un pionero. Pero confié en mi intuición.

Sentía que no podía dejar de vivir esa gran aventura que se me presentaba a los 25 años.

Sin embargo, la adaptación no fue sencilla. Llegué a Estados Unidos con conocimientos básicos de inglés. Con eso pensé que sería suficiente, pero en el día a día la comunicación con los compañeros y la gente no fue fácil.

Me puse la tarea de aprender inglés lo más rápido posible vinculándome a programas sociales. Eso me daba contacto obligatorio con la gente, algo que me ayudaba a acortar los plazos. Poco a poco fui superando el problema del idioma.

“Llegué a los 200 partidos con la camiseta de Dallas, para poner punto y final a mi carrera como jugador a los 37 años”

Sin embargo, la idea de volver no desaparecía.

A la distancia con mi familia se unía una circunstancia deportiva. El Mundial de Francia 98’ estaba a las puertas. Yo sentía que tenía posibilidades de ir con Colombia, pero la convocatoria no llegaba. El hecho de estar en Estados Unidos complicaba mi presencia en el Mundial.

Al final tomé la decisión de volver a casa.

Tenía comprado hasta los billetes, pero días antes de emprender el viaje recibí una llamada de Leonel Álvarez, un compañero con el que había jugado en varias ocasiones en la selección.

Él estaba jugando en Dallas.

Me dijo. “Óscar, mi entrenador quiere que te vengas con nosotros”

Tener un compañero colombiano en el equipo me llamó la atención. En Dallas encontré un escenario más familiar. Por eso todo se dio tan rápido.

Ir allí fue un paso muy importante para mí. Tanto que cambió hasta mis planes iniciales.

Mi intención cuando llegué a la MLS era estar un tiempo para ganar experiencia y después dar el salto a otro continente. Tal vez Europa o alguna liga de Sudamérica.

Al final llegué a los 200 partidos con la camiseta de Dallas, para poner punto y final a mi carrera como jugador a los 37 años.

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Cerrada esa etapa, el club me ofreció un vínculo con ellos para trabajar con las comunidades hispanas y ayudar en la transformación de las categorías inferiores.

Estuve un tiempo en esa función, pero quería dar el siguiente paso. Quería ser entrenador.

Para formarme me fui a Florida. Una etapa de año y medio donde conseguí mis licencias como técnico y trabajé con varias selecciones inferiores de Estados Unidos.

Regresé de nuevo a Dallas, para poner en marcha la academia oficial del club. Después de tres años y medio en esta función, llegó mi oportunidad como entrenador en la MLS.

Fue con el Colorado Rapids.

“Se podría decir que conquisté el llamado sueño americano, pero mi verdadero sueño fue representar con orgullo a mi familia y a la gente de mi país”

El primer año fue de aprendizaje diario. También, para qué engañarnos, muy difícil. Te enfrentas a muchas situaciones que no estás preparado, obligándote a experimentar a la fuerza.

Por eso es importante acercase a una fuente de confianza para preguntar, pedir opiniones o hablar sobre determinados aspectos tácticos del juego. Es un consejo que le doy a los amigos que están empezando su carrera como entrenador. Esos encuentros te hacen crecer.

Curiosamente, algunos de ellos ahora me llaman a mí. Es cierto que no llevo tanto tiempo como técnico, seis años, pero sí me preguntan sobre distintas cosas. Generalmente hablamos más sobre experiencias personales que de conceptos o aspectos tácticos. Un trabajo que hago encantado, sabiendo que en su momento era yo el que llamaba a otros.

Sobre todo a Reinaldo Rueda, que había sido mi entrenador en Colombia. También a Higo Gallego, mi entrenador en la selección de juveniles y una persona a la que siempre le he tenido mucha confianza.

Sus palabras me ayudaron mucho en Colorado.

Estaba contento en el equipo, pero al final de la temporada Dallas me ofreció volver a casa como entrenador.

Sabía que iba a tener mucha presión por mi pasado como jugador, pero se dieron algunos aspectos que facilitaron la tarea. El profundo conocimiento del club, poder trabajar con algunos chicos que ya había tenido en la academia y, por supuesto, la ayuda que tuve de la familia Hunt.

Dan Hunt ha sido para mí un gran amigo. Nos conocimos en mi etapa de jugador, cuando su padre, Lamar Hunt, era dueño del club. Esa relación tan cercana facilitó muchas las cosas para que el equipo consiguiera resultados.

2016 fue el mejor año, con dos títulos -Lamar Hunt U.S. Open Cup y MLS Supporters’ Shield- y el reconocimiento como mejor entrenador del año.

Se podría decir que conquisté el llamado sueño americano.

Pero mi verdadero sueño fue representar con orgullo a mi familia y a la gente de mi país.

Siempre he pensado que el objetivo es crecer, con la ambición de pelear por grandes retos en cualquier franquicia donde vaya. Y eso es lo que quiero hacer ahora en Tijuana.

Al otro lado de la frontera.

Óscar Pareja

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