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Javier Aguirre

Selección de Egipto. 2018-Presente

No estaba preparado.

Me dieron mi primera oportunidad como entrenador en el Atlante de México. Fueron once partidos. Intenté hacerlo lo mejor que pude, pero todavía me faltaba banquillo. Necesitaba tiempo para prepararme mejor.

Así que decidí dejarlo.

Son cosas que uno mismo ve. Simplemente te das cuenta de que necesitas saber manejarte en todas las situaciones que se encuentra un entrenador en su día a día: las derrotas, las victorias, la prensa, el vestuario, cómo cambiar la dinámica de un partido…

Para alcanzar todo ese tipo de cosas necesitas conocimiento, aplomo y, por encima de todo, experiencia. Todo lo vas aprendiendo con el tiempo.

Aún hoy, tras más de veinte años de carrera, sigo aprendido cosas. Miro partidos y me sorprende la estrategia en algunas acciones a balón parado o algún otro detalle táctico.

El aprendizaje está en cualquier rincón. Lo puedes hacer a través de un partido, de un libro o de una charla con un entrenador o con un jugador. Todos los días, si quieres, puedes ir mejorando en tu profesión.

“Mi manera de trabajar con el jugador es ir con la verdad por delante. Da igual el nombre que tenga”

Después de esos once partidos con Atlante me marché a España. Me dediqué a ver muchos partidos y compartir tiempo con varios entrenadores.

No me gusta nombrar a ninguno en concreto. No porque tengo tantos y tantos buenos amigos que me ayudaron que sería injusto si me olvido de alguno de ellos. También puedo decir con orgullo que durante mi etapa como jugador tuve entrenadores espectaculares que me dejaron conocimientos. Algo, de verdad, que era suyo. Entre ellos un campeón del mundo como César Menotti o Rinus Michaels, subcampeón del mundo con Holanda, que me entrenó en Estados Unidos. También Bora Milutinovic. A todos les estaré siempre agradecidos.

Pasaron dos años hasta que regresé a los banquillos. Recibí la oferta de Pachuca y ahí me asenté.

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Mi primer contacto con esta profesión llegó en el Mundial de Estados Unidos 1994, como asistente de Miguel Mejía Barón en la Selección de México. Los recuerdos de ese aprendizaje son muy buenos.

Hice un poco de todo en esa etapa, donde coincidió con el Mundial del 94’ y la Copa América de 1993. Pude aprender de una nueva posición para mí. Estaba en el medio, entre el entrenador y los jugadores.

Era una situación extraña. Había dejado el fútbol en diciembre y en enero de ese año ya estaba con la selección. Ahora tenía que tratar de otra manera con futbolistas que solos unos meses antes eran compañeros de vestuarios o rivales. Me tocaba manejar ese nuevo vínculo con ellos.

En muchas ocasiones aún seguía pensando como jugador. Eso le servía a Barón para conocer la perspectiva de los jugadores sobre distintos aspectos de la concentración y la dinámica del equipo.

“Si al jugador le dices la verdad, por injusta que pueda ser, tanto él como tú estarán más tranquilos”

Tuve la suerte de ser un transmisor de ideas del grupo al entrenador. Sabía cómo llegar a ambas partes. Aparte de esa función, sobre el campo hacía todo lo que necesitara el equipo. Todavía no era un entrenador al uso. Más bien era una especie de ‘jugador-asistente’.

En este primer paso descubrí lo más complejo que tiene ser entrenador: el manejo del vestuario. Es lo que marca la diferencia. En todos los demás aspectos los entrenadores estamos muy igualados. La tecnología que está llegando al fútbol cada día lo hace con mayor cantidad y calidad. También están muy igualadas las plantillas.

Así que la gran diferencia es cómo llevas y gestionas al grupo, independientemente de la situación y los jugadores que tengas.

Y dentro de esa gestión hay una pauta que no cambia en ningún vestuario: todos los jugadores quieren jugar. Lo he vivido allá donde he ido. En clubes y selecciones (México, Japón y ahora Egipto). Todos quieren jugar. Sin embargo, solo caben once.

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Eso hace dejar fuera a catorce jugadores. Jugadores que entrenan como locos, merecen jugar, pero no hay sitio para ellos. Ahí es donde te puede sorprenden algún jugador con alguna salida de tono. Con alguna declaración o con algún gesto.

Ante eso, mi manera de trabajar con el jugador es ir con la verdad por delante. Da igual el nombre que tenga el futbolista. Debes explicarle la situación. Que sepa lo que ocurre por boca del entrenador antes de que se entere por la prensa o por terceros. Como jugador, yo lo fui durante muchos años, le agradeces al entrenador que vaya de frente. Aunque te de la peor noticia, siempre será mejor enterarse por parte del entrenador que por la prensa o por otros.

Si al jugador le dices la verdad, por injusta que pueda ser, tanto él como tú estarán más tranquilos.

Al final, el objetivo es conseguir que todos vayan a una.

Y eso lo identificas cuando ves cómo juega un equipo. La manera de comportarse de los futbolistas dentro del campo. Si los jugadores aprueban el trabajo de su entrenador van a muerte con él. Un aspecto que habla del gran trabajo de un entrenador.

“Aún hoy, tras más de veinte años de carrera, sigo aprendiendo cosas”

Mi etapa como asistente de Miguel Mejía Barón con la Selección fue la motivación definitiva para ser entrenador. Y lo fue porque hasta ese momento yo no lo tenía en la cabeza.

Recuerdo entrevistas en mi etapa de jugador en las que decía que no iba a ser entrenador tras retirarme.

Pero tras ser dejar el fútbol, con el paso del tiempo, te vas adentrando en este nuevo mundo. Vas viendo que puedes ayudar a crecer al jugador. La posibilidad de involucrarte en algún proyecto. Y mira donde estamos ahora. Siempre intentando hacerlo lo mejor que puedo en cada sitio. Siempre con el gran apoyo de mi familia, en los malos y en los buenos momentos.

Una carrera en la que he pasado por dos etapas por la Selección de México.

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Dirigir a la selección de México no es fácil. Hay una nación detrás de ti. Una nación apasionada por el fútbol y donde las expectativas siempre son muy altas. Todo el mundo quiere ver al país entre los mejores. Y conseguirlo es responsabilidad total y absoluta del entrenador.

Diría que mi paso como seleccionador de México es curioso. Y es que en ambas etapas lo he hecho con un papel de rescatador. Me tocaba apagar un fuego.

En la primera ocasión llegué a falta de cinco partidos para terminar la fase de clasificación para el Mundial de 2002 de Corea del Sur y Japón. No podíamos fallar. Ganamos cuatro partidos y empatamos uno para clasificarnos.

En la segunda etapa fue igual. Esta vez para el Mundial de 2010. De los seis primeros partidos ganamos cinco y empatamos uno para clasificarnos de nuevo. Fueron momentos muy buenos. En ambas ocasiones las cosas salieron bien.

“Solamente dos selecciones han conseguido llegar al menos hasta octavos en los últimos siete Mundiales: Brasil y México”

En total, he estado en cuatro Mundiales y con distintos roles: jugador, ayudante y entrenador. Cada función es distinta, por supuesto. Eso sí, la responsabilidad máxima, sin duda, es como entrenador.

Como asistente tienes un rol menos importante o al menos no tan mediático, pero es importante ser nexo de unión entre entrenador y plantilla.

Y como jugador es lo máximo. Eres el protagonista principal. Participas directamente del espectáculo. A partir de ahí, independientemente del rol que tengas, tienes que hacer tu trabajo en cada momento del Mundial.

Un acontecimiento que es único.

No obstante, veo que para México el Mundial se toma con mucha presión. Se ha instalado en la mente de todos la necesidad de llegar al quinto partido (cuartos de final).

Sin embargo, yo tengo otra visión. Es cierto que son ya siete Mundiales en los que hemos caído en esa ronda, pero hay que mirar más allá.

En todos estos años, solamente dos selecciones han conseguido llegar al menos hasta octavos siempre: Brasil y México. El resto no ha podido. Ni Alemania, ni Italia, ni España, ni Argentina, ni Francia… Ninguno de los campeones.

Así que tiene mérito lo que hace México.

Eso dice que en los últimos treinta años hemos estado siempre entre los diez o doce mejores del mundo.

No es un mal nivel, ¿no?

Javier Aguirre

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